Presentado por Jenn Miller

Hemos estado examinando la facilidad con la que la idolatría puede infiltrarse en nuestros corazones. Vimos cómo los ídolos nos impiden amar al Señor por completo, con todo nuestro corazón, alma y fuerzas. Puede ser más fácil identificar un ídolo del corazón cuando se trata claramente de un comportamiento o deseo pecaminoso. Pero a veces incluso convertimos las buenas dádivas de Dios en ídolos.

Números 21 es un ejemplo de esto. Describe una ocasión en la que los israelitas estaban en el desierto y eran mordidos por serpientes venenosas. Dios, en su gracia, le dio a Moisés una vara con una serpiente para que el pueblo la mirara y sanara. Pero años después, en 2 Reyes 18:4, encontramos a los israelitas quemando incienso y adorando la vara con la serpiente alrededor. ¿Ven lo que está sucediendo? El pueblo recibió la buena dádiva de Dios, pero luego adoraron la dádiva en lugar de adorar a quien se las había dado.

¿No es tan fácil caer en eso? Agustín enseñó sobre los “amores desordenados”: cosas que no son malas en sí mismas, pero que su lugar en nuestros corazones se ha desordenado. Cualquier cosa que desees más que a Dios mismo es un amor desordenado. Los buenos regalos como un cónyuge, un trabajo, una casa hermosa, salud, hijos, una reputación honorable, riqueza o comodidades terrenales, pueden adquirir demasiada prioridad en nuestros corazones si no tenemos cuidado. Debemos recibir todos los regalos de Dios con gratitud y alegría, pero debemos aferrarnos a ellos con flexibilidad y siempre valorar a Dios mismo por encima de todo lo demás.

Ruego a Dios que nos ayude a amar adecuadamente todos sus buenos regalos en el orden correcto.