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Presentado por Julie Busteed
Desde que tengo memoria, lo que más anhelaba era formar una familia. Imaginaba qué haríamos juntos, cómo se llamarían nuestros hijos, en qué tipo de casa viviríamos y cómo sería nuestra vida en común.
Cuando mi esposo y yo nos casamos, planeamos tener una familia. Después de un tiempo, al no quedar embarazada, empecé a preocuparme. Así comenzó el largo proceso de citas médicas, pruebas y la búsqueda de una solución. Cada mes era una montaña rusa de esperanza seguida de decepción.
En un momento dado, las pruebas revelaron lo que podría ser un problema. Una vez resuelto el problema, recuerdo haber pensado: «Ese era el problema. Ahora que está solucionado, el Señor nos bendecirá». Pero no fue así. Después surgieron otros asuntos que debían abordarse, y de nuevo pensé: «Ahora que esto se ha resuelto, seguro que el Señor nos bendecirá con un hijo». Pero, una vez más, no fue así.
Mucha gente oraba por nosotros y muchos nos ofrecieron consejos. Exploramos diferentes opciones, pero todo nos resultaba abrumador. Recuerdo haber pensado: «Esto no es como debería ser». ¿Por qué parecía tan fácil para los demás y no para mí? ¿Por qué Dios bendecía a otros y no a mí? ¿Acaso no era lo suficientemente buena para ser madre? Hubo tantas lágrimas durante esos años. Tanta soledad. Tantos momentos en los que me sentí olvidada.
Fue una época de profundo lamento: la muerte de un sueño largamente anhelado. Y a pesar de todo, me esforzaba por controlar el resultado.
Un día, finalmente sentí que el Señor me preguntaba: “¿Confías en mí? ¿Confías en mí aunque no consigas la vida que siempre soñaste? ¿Sigo siendo el Señor de tu vida?”.
Tanto entonces como ahora, mi respuesta es sí.
Nuestra historia no tiene el “final feliz” que la gente podría esperar. Nunca pudimos tener hijos. Y, sinceramente, todavía no entiendo por qué. Médicamente, nunca se encontró una explicación clara. Vivimos con las preguntas sin respuesta y la incertidumbre. Pero también vivimos sabiendo que Dios sigue siendo bueno, fiel y digno de nuestra confianza. Nos ha bendecido de innumerables maneras.
¿Te encuentras en una situación similar en la que el Señor te pide que confíes en él pase lo que pase? No tengo una respuesta fácil, excepto una simple: confía en Dios. Conócelo cada vez más. Profundiza en su Palabra. Comparte con otros creyentes. Sigue hablando con él y llévale todas tus preocupaciones. Deja que él las lleve. Su carga es ligera y su yugo es fácil. Sigue alabándolo, aunque te parezca incómodo o fingido. Tus emociones irán de la mano de la alabanza y la adoración que le ofrezcas a Dios.
Hay esperanza. Esperanza eterna.