Presentado por Julie Busteed

Los discípulos no esperaban que Jesús sufriera y muriera en la cruz. Creían que era el Mesías enviado por Dios, y después de pasar tres años con él, habían llegado a conocerlo y confiar profundamente en él. Sin embargo, aún no comprendían del todo lo que les esperaba.

Los profetas habían hablado del sufrimiento del Mesías, y Jesús mismo les dijo a los discípulos varias veces que sufriría, moriría y resucitaría. Mateo registra:

A partir de entonces, Jesús empezó a decir claramente a sus discípulos que era necesario que fuera a Jerusalén, y que sufriría muchas cosas terribles a manos de los ancianos, de los principales sacerdotes y de los maestros de la ley religiosa. Lo matarían, pero al tercer día resucitaría. Entonces Pedro lo llevó aparte y comenzó a reprenderlo por decir semejantes cosas. —¡Dios nos libre, Señor!—dijo—. Eso jamás te sucederá a ti. Jesús se dirigió a Pedro y le dijo: —¡Aléjate de mí, Satanás! Representas una trampa peligrosa para mí. Ves las cosas solamente desde el punto de vista humano, no desde el punto de vista de Dios (Mateo 16:21-23).

¡Qué contraste para Pedro! Antes, Jesús lo había bendecido por declarar que Jesús era el Cristo, el Hijo de Dios. Ahora, Pedro era reprendido porque se había centrado en las expectativas terrenales en lugar del plan divino. Pedro imaginaba un reino establecido de inmediato: un Mesías que derrocaría el dominio romano y restauraría el poder de Israel. Probablemente imaginaba reinar junto al Rey Jesús. De repente, Jesús habló de sufrimiento y muerte.

Y cuando Jesús fue crucificado, los discípulos quedaron devastados. Sus esperanzas y expectativas parecían haberse desvanecido por completo. Habían soñado con libertad, restauración y un reino terrenal visible. En cambio, se enfrentaron al dolor, la confusión y la desesperación. No fue sino hasta después de la resurrección, cuando vieron a Jesús vivo de nuevo, que todo empezó a encajar. Solo entonces comenzaron a comprender el reino del que Jesús había estado hablando todo el tiempo: no un reino terrenal, sino uno eterno.

Sé que todos experimentamos decepción y dolor en esta vida, y a menudo no parece justo. A veces incluso te preguntas si has hecho algo mal para que Dios te haya negado la bendición que esperabas y por la que oraste tanto. Es normal lamentarse, sentir dolor cuando la vida no resulta como esperabas. Es normal clamar a Dios, hacerle preguntas y, a veces, sentir que guarda silencio. Pero te exhorto a que no te rindas ni te alejes de él. Sigue presentándole tu dolor con sinceridad y luego recuerda quién es él y lo que ya ha hecho por ti.

Dios te amó lo suficiente como para enviar a su único Hijo como el sacrificio perfecto por tus pecados, para que pudieras reconciliarte con él y tener vida eterna. Esta vida, con todas sus alegrías y todas sus penas, es temporal. Tú y yo tenemos mucho que agradecer y mucho que esperar cuando nos encontremos cara a cara con Jesús resucitado.