Presentado por Lauren Stibgen

De una misma boca salen bendición y maldición. Hermanos míos, esto no debe ser así.  ¿Puede acaso brotar de una misma fuente, agua dulce y agua amarga? Hermanos míos, ¿acaso puede dar aceitunas una higuera o higos una vid? Pues tampoco una fuente de agua amarga puede dar agua dulce (Santiago 3:10-12).

Estos versículos del capítulo 3 de Santiago se aplican a todas nuestras palabras. ¿Has justificado tus comentarios sobre política pensando que no importan? ¿Has compartido algo desagradable en redes sociales o que haya provocado una acalorada discusión? ¿Y qué hay de los insultos y las etiquetas? Tus palabras pueden indicar que la política se ha convertido en un ídolo.

Aunque quizás no lo hagas en el trabajo, tu vida personal está mucho menos oculta que antes gracias a la omnipresente presencia en línea que tiene la mayoría de la gente. En el capítulo 5 de Mateo, Jesús nos llama a amar a nuestros enemigos y a orar por quienes nos persiguen. Esto incluye a candidatos y miembros de posturas políticas opuestas.

Entre hermanos en la fe, las conversaciones se vuelven aún más divisivas cuando empezamos a juzgar el nivel de justificación y compromiso de alguien con su fe basándonos en por quién votó. Ya lo has oído antes: Fulano no puede ser salvo si votó por X. Solo Dios puede juzgar las intenciones de alguien. Nosotros no podemos ni debemos hacerlo. Y la Palabra de Dios nos recuerda que no juzguemos, para que no seamos juzgados (Mateo 7:1-2). ¿Cómo puedes examinarte a ti mismo primero? ¿Cómo puedes quitar la viga de tu propio ojo antes de mirar la paja en el de tu hermano (Mateo 7:3-5)?

Seas creyente o no, aquellos que tienen opiniones opuestas a las tuyas también fueron creados a imagen de Dios (Génesis 1:27).

Jesús nos llama a amar a nuestros enemigos. Esto incluye a los candidatos y miembros de una postura política opuesta.

Piensa en las personas que te rodean en el trabajo y que saben que eres creyente en Jesús. ¿Reflejan tus palabras tu llamado como embajador de Cristo? Recuerda, nuestro objetivo final es hacer discípulos, ¡no de candidatos, sino de Cristo!

¿Qué podemos hacer en su lugar? Recordemos que a veces lo más pacífico que podemos hacer es guardar silencio y dejar que Dios pelee nuestras batallas. Podemos orar por quienes nos persiguen. Podemos elegir ver lo mejor en los demás.